miércoles, 5 de mayo de 2010

LA LUNA VISTA DESDE LA TIERRA

Clavada en el centro más fiel de mis palpitaciones
me escucho decir:
no soy blanca, no soy hueso, ya no deseo nada.

Mirada desde una conciencia mortal: la finada.

Mirada desde otro punto de vista
(inverosímil - político - tácito - estelar - observador de las reacciones primeras)

entonces –el pasto
entonces –la magia era eso que irradiaba una música febril, por partes, un rap interno, demente, circular, a pronunciarse en cualquier variante personal de un idioma desconocido.

Entonces lo que me parece plano, pisado, asido entre los dientes y los dedos es un hilo sostenido en la palabra mayor:
sshhhh
ó.

Entonces pido. Veo detalles. Elaboro recuerdos de un pasado que empieza a tener forma y color.
Más acá de mí, las costumbres.
Del otro lado las vacas, los ríos, las naves, las nubes, los países que no conozco
como prueba fatal de mi humanidad.

En el mar lo que devuelve la memoria
la sal que llega a pelotones blancos
a golpes limpios en una conciencia tranquila, atada a un puñado de arroz de este planeta.

O en los animales que incorpore
o en las palabras que recuerde en la frente (siempre)
o en las calaveras que pasen rodando silenciosas cuando intuya lo peor.

Invitada a hacer de mí una cosa distinta
–muda para ciertos tonos, sonora para otros–
hasta que el brillo se exprese de nuevo en la cara visible del cielo o ya no me pertenezca el ritmo impresionante que mi mente agita, ciega y marrón
como una banda estrecha.

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